Fuente: 100% Seguro
La llegada de El Niño coloca al sector agrícola ante un escenario de mayor exposición al exceso hídrico, pero también obliga al mercado asegurador a afinar la evaluación de los riesgos. Para las compañías, el desafío no pasa únicamente por estimar cuántos siniestros podrían ocurrir, sino por anticipar dónde podrían concentrarse y qué magnitud podrían alcanzar las pérdidas.
Sergio Alvarenga, gerente de Reaseguros y Seguros Agrícolas de Mapfre Paraguay, explicó que la compañía no aplica un criterio uniforme a partir del pronóstico climático, sino que analiza cada cultivo, zona y etapa fenológica para determinar el nivel de exposición.
En diálogo con 100% SEGURO comentó, el análisis incorpora pronósticos estacionales, históricos de siniestralidad, mapeos, características del suelo y drenaje, fechas de siembra y concentración de sumas aseguradas. A partir de estos elementos, la compañía modela escenarios de precipitación normal, superior y extrema para estimar una pérdida máxima probable.
“La compañía suscribe los riesgos no solo en base a la categoría de El Niño, sino que traduce la señal oceánica en probabilidades regionales de daño”, explicó Alvarenga.
Señaló que este modelo también permite determinar la capacidad necesaria de reaseguro y establecer posibles límites de acumulación antes de comenzar la suscripción. A su vez, explicó que la evaluación no queda cerrada al inicio de la campaña, sino que se actualiza con la información que se va recopilando durante el ciclo productivo.
Dentro de los cultivos que concentran mayor exposición, mencionó a la soja, el maíz y el trigo, principalmente por el capital acumulado. Sin embargo, sostuvo que otros cultivos como algodón, sésamo, mandioca y hortalizas también presentan sensibilidad frente a escenarios de exceso hídrico.
El arroz presenta una particularidad, según explicó, debido a que puede tolerar una inundación controlada, aunque queda expuesto cuando se producen crecidas no manejadas, desbordes o anegamientos que superan la altura y duración que puede soportar el cultivo.
La ubicación también constituye un factor determinante para Alvarenga, por lo que sostuvo que un mismo cultivo puede presentar niveles de riesgo muy diferentes dependiendo de si está ubicado en una llanura de inundación, un área deprimida, cerca de cauces hídricos o sobre suelos de baja infiltración.
“La exposición la consideramos básicamente en tres dimensiones: superficie comprometida, valor económico y vulnerabilidad agronómica”, detalló.
Históricamente, los departamentos que concentran mayores valores de pérdidas agrícolas son Alto Paraná, Canindeyú, Itapúa, Caaguazú y San Pedro. Esta distribución geográfica adquiere especial relevancia para las compañías al momento de analizar la concentración de riesgos dentro de sus carteras.
En un escenario de lluvias excesivas, Alvarenga diferenció entre daños directos e indirectos. Entre los primeros mencionó inundaciones, saturación de suelos, muerte de plantas, reducción de rendimientos, vuelco, quiebre, desarraigo, pudrición de raíces y pérdidas parciales o totales de la cosecha.
En tanto, los efectos indirectos pueden aparecer incluso cuando el cultivo no registra un daño directo inmediato. La imposibilidad de ingresar con maquinaria, los retrasos en aplicaciones, mayores costos de secado, deterioro de la calidad comercial y dificultades para transportar la producción también forman parte del mapa de riesgos.
“El riesgo principal para una aseguradora no es solamente el número de siniestros, sino la acumulación simultánea de grandes pérdidas en numerosos lotes”, agregó.
Esta acumulación es uno de los principales puntos de atención para el negocio asegurador dado que El Niño podría generar un incremento tanto en la frecuencia como en la severidad de los reclamos. No obstante, aclaró que esto dependerá de que las lluvias excesivas coincidan con áreas aseguradas, cultivos sensibles y etapas críticas, además de que los daños estén contemplados dentro de las pólizas.
En este contexto, una campaña agrícola con precipitaciones persistentes podría elevar los reclamos por inundación, exceso de lluvia, no nacencia, resiembra y falta de piso. Sin embargo, el ejecutivo aclaró que una pérdida elevada a nivel nacional no necesariamente se trasladaría en la misma proporción al mercado asegurador.
En este punto, el gerente mencionó que la base está en el bajo nivel de penetración del seguro agrícola en Paraguay. En ese sentido, sostuvo que la cobertura continúa siendo reducida frente a la superficie agrícola sembrada y al valor total de la producción, especialmente en cultivos extensivos como soja y maíz.
“En definitiva, los datos disponibles confirman que el seguro agropecuario ocupa una posición bastante reducida dentro del mercado asegurador paraguayo”, aseguró.
Según explicó, la cobertura tiene mayor concentración en cultivos comerciales que suelen estar vinculados al financiamiento de insumos o capital operativo, mientras que la agricultura familiar, las explotaciones de menor escala y otros cultivos presentan niveles de cobertura todavía más bajos.
Alvarenga consideró además que la ausencia de políticas públicas que subsidien total o parcialmente el aseguramiento de cultivos contribuye a mantener este nivel de penetración. En su visión, El Niño podría funcionar como un catalizador de la demanda, pero por sí solo no resolvería las limitaciones estructurales del mercado.
Un escenario climático más extremo también puede generar presión sobre las primas, particularmente en zonas con antecedentes de inundación, drenaje deficiente o elevada concentración de cultivos. Sin embargo, explicó que el ajuste no necesariamente se traduce en un incremento uniforme del precio.
Las compañías también pueden modificar deducibles, franquicias, límites de indemnización, fechas de cobertura, tasas por zona, requisitos de manejo y condiciones de reaseguro. El efecto final, sostuvo, dependerá de la experiencia histórica de pérdidas y del costo de la protección reaseguradora.
“El Niño puede actuar como catalizador de la demanda, pero no resuelve las limitaciones estructurales del mercado”, dijo también.
Frente a este escenario, Alvarenga sostuvo que la prevención debe comenzar incluso antes de contratar la póliza y de iniciar la siembra. Entre las medidas recomendadas mencionó la elaboración de mapas internos de riesgo, la identificación de zonas deprimidas, cauces temporales y puntos de evacuación de agua, además del mantenimiento adecuado de los drenajes.
También recomendó diversificar fechas y materiales de siembra, ajustar densidades, evitar operaciones sobre suelos saturados, reforzar el monitoreo sanitario y contar con capacidad de secado. A esto se suma la necesidad de establecer rutas alternativas para retirar la producción ante eventuales problemas de transitabilidad.
Para el ejecutivo, la contratación anticipada también es determinante. Una póliza tomada cuando el riesgo ya es inminente puede ser rechazada o quedar sujeta a inspecciones y restricciones adicionales.
En cuanto a la capacidad del mercado para enfrentar una temporada de mayor siniestralidad, Alvarenga señaló que los indicadores generales de solvencia y rentabilidad del mercado asegurador paraguayo son favorables, aunque esto no significa que todas las compañías tengan la misma capacidad frente a una catástrofe agrícola.
La preparación dependerá de factores como las reservas técnicas, liquidez, reaseguro, diversificación y concentración territorial de cada cartera. Las aseguradoras con mayor dispersión geográfica y contratos de reaseguro catastrófico, explicó, estarán mejor posicionadas frente a una acumulación de pérdidas.
“El crecimiento del seguro agrícola debe darse de manera sostenible, con primas técnicamente adecuadas, condiciones contractuales comprensibles, suficiente respaldo de reaseguro y procesos ágiles de evaluación. De lo contrario, una expansión acelerada sin control de acumulaciones podría terminar aumentando la vulnerabilidad de las propias aseguradoras”, cerró Alvarenga.
Fuente: 100% Seguro
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