Fuente: Seguro Visión
Durante los últimos 30 años, la industria aseguradora chilena ha experimentado un importante desarrollo. El país ha mejorado su estándar de vida, se ha bancarizado, el parque automotriz se ha modernizado y la oferta de seguros se ha sofisticado. Sin embargo, hay algo que permanece prácticamente constante: solo uno de cada tres automóviles cuenta con un seguro. ¿Por qué no logramos reducir esta brecha? ¿Es un problema de los consumidores o de las políticas de suscripción y comercialización de la propia industria?
Chile ha cambiado enormemente durante las últimas décadas. La economía se ha desarrollado, el acceso al crédito se ha expandido y la bancarización ha permitido que millones de personas accedan a productos y servicios financieros que antes estaban fuera de su alcance.
La industria aseguradora también ha evolucionado. Tenemos compañías más sofisticadas, mejores herramientas de evaluación de riesgos, procesos de contratación más eficientes, una mayor oferta de productos y una creciente incorporación de tecnología en la distribución y gestión de siniestros.
El parque automotriz, por su parte, ha experimentado una profunda transformación. Los vehículos son más modernos, incorporan mayores elementos de seguridad y representan una parte importante del patrimonio de las familias chilenas.
Sin embargo, cuando observamos el mercado de seguros de automóviles, encontramos una realidad que invita a reflexionar: aproximadamente uno de cada tres vehículos cuenta con un seguro.
La proporción de automóviles asegurados sigue siendo baja y la brecha aseguradora permanece como una de las grandes tareas pendientes de la industria.
La pregunta es inevitable: ¿qué estamos haciendo para incorporar a los otros dos tercios del parque automotriz?
¿Es realmente un problema de demanda?
Tradicionalmente, hemos explicado esta brecha señalando que los consumidores no tienen suficiente cultura aseguradora, que no comprenden la importancia de proteger su patrimonio o que consideran que los seguros son demasiado caros.
Sin duda, estos factores existen. Pero cabe preguntarse si estamos observando el problema desde la perspectiva correcta.
¿Todos aquellos que no tienen un seguro han decidido voluntariamente no contratarlo?
¿O existe una proporción importante de personas que, aun teniendo interés en proteger su automóvil, no encuentra una alternativa que se ajuste a sus posibilidades económicas, a las características de su vehículo o a sus necesidades particulares?
La diferencia es sustancial.
Porque si una persona quiere asegurar su automóvil, pero ninguna compañía está dispuesta a ofrecerle una cobertura adecuada, no estamos frente a un problema de cultura aseguradora. Estamos frente a una barrera de acceso.
Y quizás sea precisamente ahí donde debamos comenzar a revisar nuestras políticas comerciales y de suscripción.
Cuando el automóvil es demasiado antiguo para asegurarlo
Uno de los ejemplos más evidentes es el de los vehículos antiguos.
En Chile, muchas personas utilizan automóviles que tienen diez, quince o incluso más años de antigüedad. Para sus propietarios, estos vehículos representan un patrimonio importante y, en muchos casos, constituyen una herramienta indispensable para trabajar, movilizar a sus familias o desarrollar sus actividades cotidianas.
Sin embargo, cuando intentan contratar un seguro, se encuentran con que numerosas compañías no aceptan vehículos que superan determinados años de antigüedad.
Y no estamos hablando necesariamente de automóviles en malas condiciones. Se trata de vehículos que pueden encontrarse en perfecto estado de funcionamiento, contar con sus revisiones al día y ser conducidos por personas con buenos antecedentes.
Simplemente, han quedado fuera de las políticas de suscripción.
Pero ¿por qué no ofrecerles, al menos, un seguro de responsabilidad civil?
Si el principal problema de asegurar un vehículo antiguo es el costo de reparar sus propios daños, una cobertura que proteja exclusivamente frente a los perjuicios ocasionados a terceros podría representar una alternativa razonable.
No todos los propietarios necesitan una cobertura de daños propios, robo y otras asistencias. Algunos simplemente quieren protegerse frente a la posibilidad de causar un accidente que comprometa su patrimonio.
¿No sería mejor ofrecerles una alternativa que rechazarlos?
¿Estamos ofreciendo seguros demasiado completos?
Otro aspecto que merece atención es la estructura de nuestra oferta.
En muchas ocasiones, cuando un consumidor busca asegurar su automóvil, la alternativa disponible consiste en una póliza que incorpora una amplia variedad de coberturas y servicios.
Daños propios, robo, responsabilidad civil, asistencia, vehículo de reemplazo y otras prestaciones que, dependiendo del producto, pueden resultar convenientes y aportar un importante valor agregado.
Pero también pueden elevar considerablemente el precio.
Para una persona que tiene un automóvil de menor valor o que dispone de un presupuesto limitado, el costo de una cobertura amplia puede resultar prohibitivo.
Y aquí aparece una pregunta que la industria debería hacerse: ¿estamos ofreciendo el seguro que el cliente necesita o el seguro que nosotros queremos venderle?
Quizás estamos intentando vender una solución integral a personas que solamente necesitan una protección básica.
El mercado podría ser muy distinto si desarrolláramos una oferta más flexible, con coberturas modulares y alternativas que permitan al consumidor elegir cuánto quiere proteger y cuánto está dispuesto a pagar.
Un seguro de responsabilidad civil, una cobertura de pérdida total, una protección contra robo o una póliza de daños propios con un deducible más elevado podrían constituir alternativas para distintos segmentos de consumidores.
No se trata de reducir indiscriminadamente las coberturas ni de deteriorar la calidad de los productos.
Se trata de ampliar las posibilidades de acceso.
La experiencia de los terceros: una oportunidad perdida
Existe otro aspecto especialmente relevante: la experiencia de los terceros afectados en un accidente.
Cuando una persona asegurada provoca un siniestro, su compañía debe gestionar la reparación de los daños ocasionados a otro vehículo.
Ese tercero puede no tener ninguna relación previa con la aseguradora. Incluso puede ser alguien que nunca ha contratado un seguro y que desconoce cómo funciona la actividad.
Sin embargo, es precisamente en ese momento cuando tiene la oportunidad de conocer el estándar de servicio de una compañía.
Y no siempre esa experiencia es positiva.
Demoras, dificultades de comunicación, procesos complejos y una sensación de desprotección pueden terminar generando una percepción negativa no solo de una compañía, sino de la industria en su conjunto.
Es paradójico que una persona que no ha contratado un seguro y que ha sido víctima de un accidente termine experimentando las dificultades de un sistema que debería ayudarla a recuperar su patrimonio.
El tratamiento de los terceros afectados no debería considerarse únicamente una obligación derivada de la gestión de un siniestro. También constituye una oportunidad comercial.
Un tercero bien atendido puede convertirse en un futuro asegurado.
Una persona que recibe una reparación oportuna, que obtiene información clara y que es tratada con respeto puede descubrir el valor de contar con un seguro.
Por el contrario, una mala experiencia puede reforzar la percepción de que contratar una póliza no garantiza una adecuada protección.
La industria debe comprender que la experiencia del tercero también forma parte de su reputación.
¿Qué ocurriría si eleváramos la cobertura al 40% del parque automotriz?
Imaginemos por un momento que la industria lograra elevar la proporción de automóviles asegurados desde aproximadamente un 33% hasta un 40%.
Estaríamos hablando de un incremento de siete puntos porcentuales en la penetración del seguro automotor.
En términos relativos, significaría incorporar alrededor de un 21% más de vehículos asegurados respecto de la base actual, suponiendo que el tamaño del parque se mantuviera constante.
El impacto sería significativo.
Más personas tendrían acceso a una protección patrimonial. Una mayor cantidad de vehículos contaría con cobertura frente a accidentes, robos y otros riesgos. Y la industria podría ampliar su mercado, incorporando segmentos que actualmente permanecen fuera de su oferta.
Pero el beneficio no sería exclusivamente comercial.
Una mayor penetración de seguros también contribuiría a reducir la vulnerabilidad financiera de las familias frente a accidentes de tránsito.
Porque cuando un vehículo no asegurado provoca daños a otro automóvil, el problema no desaparece. Simplemente, se traslada a las personas involucradas, que deben enfrentar las consecuencias económicas de un accidente sin contar necesariamente con los recursos para hacerlo.
Una mayor cobertura de responsabilidad civil permitiría reducir parte de esa exposición.
Por supuesto, alcanzar el 40% no depende únicamente de una decisión comercial. También requiere productos sostenibles, una adecuada evaluación de riesgos, eficiencia operacional y una oferta que responda a las características del parque automotriz.
Pero la pregunta es si estamos haciendo todo lo necesario para alcanzar ese objetivo.
¿Qué debemos hacer para reducir la brecha aseguradora?
La respuesta no pasa necesariamente por invertir más dinero en publicidad o desarrollar nuevas campañas de educación financiera.
Antes de intentar convencer a quienes no aseguran, quizás deberíamos revisar si estamos ofreciendo alternativas que realmente puedan contratar.
Algunas líneas de acción parecen evidentes:
1. Desarrollar seguros de responsabilidad civil accesibles.
Una cobertura que proteja frente a los daños ocasionados a terceros puede ser una puerta de entrada al mercado asegurador para quienes no pueden contratar una póliza completa.
2. Revisar las restricciones por antigüedad.
No todos los vehículos antiguos representan el mismo riesgo. Las políticas de suscripción deberían considerar sus características, estado, uso y perfil del conductor, en lugar de excluirlos únicamente por su antigüedad.
3. Diseñar productos modulares.
Permitir que los consumidores elijan entre distintas coberturas, deducibles y servicios puede facilitar el acceso y adaptar el seguro a las necesidades de cada persona.
4. Incorporar nuevas formas de tarificación.
El uso del vehículo, el kilometraje, los hábitos de conducción y otros factores podrían permitir desarrollar productos más ajustados al riesgo y a las posibilidades económicas de determinados segmentos.
5. Mejorar la experiencia de los terceros afectados.
La rapidez, la transparencia y la calidad del servicio durante la gestión de un siniestro pueden contribuir a fortalecer la confianza en la industria y demostrar el valor de contar con un seguro.
6. Revisar nuestros modelos de distribución.
La digitalización y la participación de corredores, plataformas y otros canales pueden facilitar la llegada a segmentos que hoy no están siendo atendidos, siempre que exista una oferta adecuada para ellos.
La brecha aseguradora también es una responsabilidad de la industria
Durante años hemos señalado que el desafío consiste en desarrollar una mayor cultura aseguradora.
Y es cierto. Necesitamos que las personas comprendan la importancia de proteger su patrimonio y que conozcan los riesgos económicos que enfrentan cuando no cuentan con un seguro.
Pero también debemos reconocer que la cultura aseguradora no se desarrolla únicamente mediante campañas educativas.
Se construye cuando una persona puede acceder a un producto que comprende, que puede pagar y que responde a sus necesidades.
Se construye cuando una compañía acepta asegurar un automóvil que otras han rechazado.
Se construye cuando un tercero afectado recibe una atención adecuada y descubre que el seguro realmente cumple una función social y económica.
Y se construye cuando la industria deja de considerar que quienes no contratan una póliza son necesariamente personas que no quieren asegurarse.
Quizás una parte importante de ellos simplemente no ha encontrado una alternativa.
La gran pregunta que debemos hacernos no es solamente por qué dos de cada tres automóviles circulan sin seguro. También es cuánto hemos contribuido nosotros, como industria, a que esa realidad permanezca.
Si queremos reducir la brecha aseguradora, debemos comenzar por revisar nuestras propias barreras de acceso.
Porque el desafío no consiste únicamente en vender más seguros a quienes ya están asegurados.
Consiste en desarrollar una oferta capaz de incorporar a quienes hoy permanecen fuera del mercado.
Y si logramos elevar la penetración del seguro automotor al 40%, quizás estaremos demostrando que el crecimiento de la industria no depende solamente de competir por los mismos clientes, sino también de nuestra capacidad de asegurar a quienes hasta ahora no hemos sabido o querido asegurar.
Fuente: Seguro Visión
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