Fuente: Estrella Digital
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La resiliencia de una nación ante desastres naturales se mide, en gran parte, por su capacidad de recuperación económica y social. Recientes eventos sísmicos en Colombia, como el que afectó las regiones de Buenaventura y Chocó, han puesto de manifiesto una preocupante realidad: el profundo arraigo del bajo aseguramiento. Este fenómeno no solo expone la vulnerabilidad de la población ante la pérdida de bienes e infraestructura, sino que también presenta un complejo desafío para las aseguradoras y para la estabilidad financiera del país.
La Cruda Realidad de la Protección Financiera Incompleta
Cuando un terremoto en Colombia sacude la tierra, las consecuencias van mucho más allá del colapso de edificaciones. Familias enteras pierden sus hogares, negocios se ven obligados a cerrar y el tejido económico de una comunidad se desgarra. En el caso de las zonas impactadas de Buenaventura y Chocó, la magnitud del sismo generó un volumen masivo de daños, evidenciado por las 36.415 reclamaciones que sumaron una cifra cercana a los $1,2 billones. Estas cifras, aunque cuantiosas, probablemente representan solo una fracción del costo real del impacto, dado el escaso acceso a pólizas de seguro en estas regiones.
El problema del bajo aseguramiento es endémico en diversas regiones del país, especialmente en aquellas con mayor informalidad económica o en zonas de difícil acceso. La falta de cobertura adecuada para riesgos sísmicos significa que gran parte de la carga económica recae directamente sobre los individuos y sobre el estado, dificultando una recuperación rápida y efectiva. Esta situación agrava la pobreza y frena el desarrollo, creando un ciclo vicioso de vulnerabilidad ante futuros eventos.
Desafíos para el Sector Asegurador Colombiano
Para las aseguradoras, un evento catastrófico de la magnitud vista en Buenaventura y Chocó plantea una dualidad. Por un lado, la activación de miles de reclamaciones pone a prueba su capacidad operativa y financiera. Por otro, expone la enorme brecha de mercado y el potencial de crecimiento en un país con alta exposición a desastres naturales. Sin embargo, expandir la cobertura en estas áreas no está exento de obstáculos.
Uno de los principales desafíos es la percepción del riesgo y la priorización económica de las familias y pequeños empresarios. A menudo, el costo de una póliza de seguro se ve como un gasto superfluo en lugar de una inversión esencial para la protección financiera. Adicionalmente, la complejidad de algunos productos, la falta de canales de distribución adecuados y la infraestructura limitada en zonas remotas, dificultan la penetración de los servicios aseguradores.
Forjando un Futuro con Mayor Resiliencia Aseguradora
La experiencia del reciente terremoto en Colombia debe servir como un catalizador para repensar las estrategias de gestión de riesgos a nivel nacional. Es imperativo fomentar una cultura de prevención y aseguramiento que involucre a todos los actores: gobierno, sector privado y ciudadanos. Esto implica no solo promover la adquisición de seguros contra sismos, sino también simplificar productos, hacerlos más accesibles y educar sobre su valor a largo plazo.
Algunas estrategias clave para abordar el bajo aseguramiento incluyen:
Desarrollo de microseguros adaptados a las necesidades y capacidades económicas de las poblaciones vulnerables.
Campañas de concientización y educación sobre los riesgos sísmicos y la importancia de la protección financiera.
Incentivos fiscales o subsidios parciales para la adquisición de pólizas de seguro en zonas de alto riesgo.
Fortalecimiento de la colaboración público-privada para crear modelos de gestión de riesgos más robustos e inclusivos.
Mejora en la infraestructura y códigos de construcción para reducir la exposición al riesgo.
En definitiva, el sismo que impactó Buenaventura y Chocó es un recordatorio contundente de que la prosperidad de una nación está intrínsecamente ligada a su capacidad de proteger a sus ciudadanos y sus bienes ante la imprevisibilidad de la naturaleza. Abordar el bajo aseguramiento no es solo una tarea económica, sino un compromiso social con la construcción de un país más seguro y resiliente para todos.
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