La COP-30 ha terminado. No ha sido el éxito soñado por muchos, pero tampoco un fracaso estrepitoso. El sentido común y lo que era posible prevalecieron en los debates entre países con realidades y necesidades diferentes.
Pero si la conferencia no tuvo impacto en el escenario global, el sector asegurador vuelve de Belém con todos sus precios pagados y una importante victoria. La Casa del Seguro, creada en Belém, consiguió atraer la atención de los participantes y de las autoridades brasileñas hacia un sector económico que hasta ahora se consideraba marginado, o incluso casi olvidado, incluso por los responsables de las políticas públicas.
Con los actos paralelos organizados en los espacios de la Casa do Seguro, que incluyeron debates de alto nivel con otros sectores económicos y representantes de las más altas instancias del gobierno, la CNSEG (Confederación Nacional de Seguros) dio un gran golpe. Ha consolidado la imagen del sector y, a partir de ahora, el seguro no sólo será recordado, sino que formará parte de las mesas de debate sobre cómo dirigir la economía de la nación.
De una pérdida total de cerca de 100.000 millones de reales por las inundaciones de Rio Grande do Sul en 2024, el seguro indemnizó sólo 6.000 millones Foto: Wilton Júnior/Estadão
Pero mientras que en el aspecto institucional el sector de los seguros consiguió sobresalir en la COP-30, en el aspecto operativo aún queda un largo camino por recorrer para que los seguros se conviertan en una parte más importante de la vida de las personas. La penetración de las pólizas sigue siendo baja y la situación se agrava cuando se observan las consecuencias de las catástrofes naturales que azotan el país con creciente frecuencia y violencia.
La gran referencia sigue siendo lo que ocurrió en Rio Grande do Sul en 2024.
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El gobierno se ha disparado en el pie al golpear los ingresos del sector asegurador, y en el otro al limitar los seguros rurales.
De un total de casi 100.000 millones de reales en pérdidas, el seguro sólo ha compensado 6.000 millones. Para los que tenían seguro, era una cifra muy importante, pero la disparidad entre el importe total de las pérdidas y la cantidad indemnizada por las aseguradoras no deja lugar a dudas de que Brasil está muy lejos de contar con la protección necesaria para este tipo de sucesos.
Como lo que ocurrió en el sur fue sólo un primer evento, al que seguirán varios otros, como quedó claro recientemente con los tres tornados que devastaron parte del interior de Paraná, es fundamental que el país no sólo discuta, sino que implemente, en primer lugar, una política de prevención y contención de daños, y en segundo lugar, desarrolle seguros que atiendan ambos momentos de las catástrofes.
En primer lugar, un seguro obligatorio con ayudas de emergencia que se paguen a todas las víctimas del suceso lo antes posible. Este seguro no pretende reponer los bienes afectados, sino garantizar a los damnificados los recursos necesarios para atender sus necesidades más inmediatas, como alimentación, cobijo o vestido.
La segunda sería la inclusión obligatoria de una garantía por daños causados por el agua en la cobertura básica de todas las pólizas de seguro de bienes.
El sector asegurador dispone de modelos que permiten equiparar estas dos exigencias y abonar rápidamente los siniestros. Por supuesto, la cuestión debe discutirse con el gobierno y otros implicados, pero las soluciones desarrolladas por las compañías de seguros son factibles y asequibles.
Lo que no podemos hacer es seguir de brazos cruzados. Las tormentas de verano ya están aquí y este año, una vez más, no tendremos seguro para reducir sus consecuencias.
Fuente: Estadao
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